Maneras de las que supe que no podía salvarte

i.

   aquella vez en la que

   colgaste el teléfono

   y huiste de casa

   para quemar un papel en blanco

   en el que te habías descrito

 

ii.

   siempre te dio miedo

   el veneno de las botellas,

   o eso creí hasta que

   me diste de beber

   y afilaste el vidrio.

 

iii.

   recuerdo cuando, sin ser ya niños,

   mirábamos a las estrellas

   y mientras yo decía «te quiero»

   tú solo podías pensar en la muerte

   como en lo único en lo que

   encontrabas belleza.

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Azul prestado

conozco esta piel

como conozco los ríos en los que navego

de tintes de miel

y olor a primaveras del futuro.

reconozco esta niñez

como reconozco el sabor de la canela

arenosa

de dulce extrañeza

y espuma de agua salada.

y en mi cuerpo sangrante,

hambriento,

(no) equivocado,

a la espera de la llamada de la salvación

o el purgatorio

te dejo vía libre

para excavar tus caminos.

lo que quisieras, eso

dejaría atrás.

Silentia: typi

I.

los huecos entre dos palabras

están ahí

impermutables

a la espera de otra bomba

desastres sincrónicos y

muertes súbitas

 

II.

el tánatos vacuo

porque faltan colmillos en la tierra

urgiendo a pisar

más huellas sin ruido que caminos nuevos.

una destrucción

sin palos y sin piedras y sin tinta

 

III.

los “yo soy” de la niña

que repite

existo

existo

existo

cuando la caja de música pone fin a su agonía

 

IV.

los segundos antes de golpear

rostro o mármol.

primero beso en cada nudillo

tercer espejo

dos mejillas escarpadas en bronce

una lágrima de amapola

 

V.

el momento esperado

en el que la luz y los labios se detengan

para unos pocos

y ya nadie hable de solaces hazañas

como confiado porvenir

porque mal es gritar en un cementerio de nieve

 

[Poema recogido en el 1er número de Carne para el perro, zine organizado por Letras de Contestania.]

A los cuervos que me salvaron del paraíso

Era un niño católico

como Jim Carroll

hasta que empecé a jugar con cosas que no debía,

con estrellas rotas

sus trozos sangrantes y asesinos y depredadores

como la bandera de esta cerca

¿o era eso inquebrantable?

La calle no entiende de palabras ni azucenas

bajo el claro de Luna.

Los años anteriores los edificios me rodeaban

(la esperanza se ahoga en grises)

y yo, y yo

que no sé si me falta pulmón o ganas

pero no voy a ocultar que los domingos son espinos.

Hechizos de mil fuegos se acercan

Salvan todo lo salvable;

(poco, poco, menos)

quizá nada.

Hoy la caja de Pandora llena cables

Y se alimenta de lo que entra por otras puertas.

sí, yo también lo era

Puro y bueno como sus pájaros de hueso secuestrados

mensajeros involuntarios

de palabras mudas

a oídos sordos.

Los sacrificios sobre este altar son en blanco y negro.

Tampoco soy el cisne que no rompe espejos

aunque sí tengo un pico de oro.

—Venid a mí, que convertiré a vuestros hijos en cuervo.

Ahora las alas quebradas ya no son un problema

porque todas las plumas se usarán para escribir.

En viejos cajones

nada te habrá librado jamás de más cosas

como guardar lápida y remover escombros

todo sea por no abrir viejos cajones

cuando has destruido toda tu casa, templo, cuerpo

a veces no, a veces no quedan más que cenizas

mens sana in corpore sano

nada nunca nacerá para no ser luego destruido,

pétalos despedazados y tallo abierto

nadie se encargó de regar

aquí entonces, con los pies fríos,

con una carta ardiendo en las manos

tu

mi

lengua de serpiente

que jamás dirá que el perdón es la mayor de las mentiras

Callejones

La lluvia chorrea por los muros como si pudiera limpiar todo lo que acontece en ese callejón de tres paredes. La cuarta es la pared invisible que da hacia el mundo exterior y más o menos podrido, según a quién le preguntes. Cielo o infierno. El muchacho nuevo es como un gato al que acabará por matarle la curiosidad.

Ellas han visto de todo: la de la izquierda es de un restaurante de comida rápida (a nadie le importa si es un McDonalds lo que te mata) y la de la derecha es un banco, un edificio hecho con maletines llenos de sueños rotos. El joven anhela aprender las malas artes. Es otro producto fallido del sistema, un hijo parricida. Quiere destruir lo que le destruye. El anarquista sintecho te contará que todo eso es una representación a pequeña escala del surrealismo mundial. Si tienes suerte, puede que encuentres al chaval de ojos de espejo roto y sonrisa de saber qué se cuece por todas partes menos en su propia cabeza, que pondrá una voz bravucona para proclamar que todo el mundo debería morirse.

—¿Por qué no sales de aquí? —Es lo que le preguntaría el muchacho, nuevo en el oficio de hundirse en el barro como mecanismo de defensa.

—¿Por qué tú sí? Cuánta esperanza. Te conozco. Conozco a todos los de tu especie. Os creéis diferentes, pero preguntáis las mismas cosas y ninguno llega a la conclusión de quemarlo todo. Pero cuánta esperanza, la de la juventud dormida. Ten cuidado por dónde arrastras las alas, Ícaro.

El chico de ojos rotos y sonrisa hecha para la guerra le despide entre el humo. Ícaro se pregunta si terminará como él.

Huele a billetes de cien devueltos y a lenguas quemadas, a lluvia ácida. Las pintadas de las iglesias preguntan «¿dónde está tu dios?», esperando una reacción divina que acabe con el circo de una vez. Pero a nadie le importa. Ningún cable de Internet pasa por ahí.

La tercera pared, el final del pasillo del purgatorio, es la de ver y no ser visto y pertenece a una casa de familias arias que votan desde hace treinta años por los mismos asesinos de camisas blancas, esos que clamarán a tu madre y tu falta de vergüenza por robar en un sitio hecho con sangre extranjera. Aún hay quien cree en los cuentos de sus abuelas y en la caja tonta, pero no Ícaro. Todo empieza a quemar. El callejón está lleno de esa gente que entiende pero ya no quiere hacerse entender, y de todos modos los mentirosos no se tragarían una palabra.

A nadie le gusta que le digan la verdad.

ídolos artificiales

En la cima de las mayores alturas

es donde pusieron la estatua dorada

sobre el altar,

ignorantes sin poder ver

ni una de sus esquinas puntiagudas.

El Sol sale y las vítores se ciegan

sobre el reflejo ámbar

y el olor a miel,

todo vivo hasta que llega

la caída de los astros

y el susurro de los gigantes.

En el terminar de la transformación

los inocentes ya no le envían

promesas que firmar, se atan

vendas en las manos

y cuerdas en los ojos,

y la mitad monstruos

balas en el cuello

espadas en la sien.

Pluma y papel en brazos,

solo los exiliados salen indemnes

volviendo a la rutina

de cazar los restos y huir

sin amos ni esclavos,

cruzando pastos en llamas

por las guerras de otros

a pesar de saber que así

serán olvidados.