A los cuervos que me salvaron del paraíso

Era un niño católico

como Jim Carroll

hasta que empecé a jugar con cosas que no debía,

con estrellas rotas

sus trozos sangrantes y asesinos y depredadores

como la bandera de esta cerca

¿o era eso inquebrantable?

La calle no entiende de palabras ni azucenas

bajo el claro de Luna.

Los años anteriores los edificios me rodeaban

(la esperanza se ahoga en grises)

y yo, y yo

que no sé si me falta pulmón o ganas

pero no voy a ocultar que los domingos son espinos.

Hechizos de mil fuegos se acercan

Salvan todo lo salvable;

(poco, poco, menos)

quizá nada.

Hoy la caja de Pandora llena cables

Y se alimenta de lo que entra por otras puertas.

sí, yo también lo era

Puro y bueno como sus pájaros de hueso secuestrados

mensajeros involuntarios

de palabras mudas

a oídos sordos.

Los sacrificios sobre este altar son en blanco y negro.

Tampoco soy el cisne que no rompe espejos

aunque sí tengo un pico de oro.

—Venid a mí, que convertiré a vuestros hijos en cuervo.

Ahora las alas quebradas ya no son un problema

porque todas las plumas se usarán para escribir.

En viejos cajones

nada te habrá librado jamás de más cosas

como guardar lápida y remover escombros

todo sea por no abrir viejos cajones

cuando has destruido toda tu casa, templo, cuerpo

a veces no, a veces no quedan más que cenizas

mens sana in corpore sano

nada nunca nacerá para no ser luego destruido,

pétalos despedazados y tallo abierto

nadie se encargó de regar

aquí entonces, con los pies fríos,

con una carta ardiendo en las manos

tu

mi

lengua de serpiente

que jamás dirá que el perdón es la mayor de las mentiras

Callejones

La lluvia chorrea por los muros como si pudiera limpiar todo lo que acontece en ese callejón de tres paredes. La cuarta es la pared invisible que da hacia el mundo exterior y más o menos podrido, según a quién le preguntes. Cielo o infierno. El muchacho nuevo es como un gato al que acabará por matarle la curiosidad.

Ellas han visto de todo: la de la izquierda es de un restaurante de comida rápida (a nadie le importa si es un McDonalds lo que te mata) y la de la derecha es un banco, un edificio hecho con maletines llenos de sueños rotos. El joven anhela aprender las malas artes. Es otro producto fallido del sistema, un hijo parricida. Quiere destruir lo que le destruye. El anarquista sintecho te contará que todo eso es una representación a pequeña escala del surrealismo mundial. Si tienes suerte, puede que encuentres al chaval de ojos de espejo roto y sonrisa de saber qué se cuece por todas partes menos en su propia cabeza, que pondrá una voz bravucona para proclamar que todo el mundo debería morirse.

—¿Por qué no sales de aquí? —Es lo que le preguntaría el muchacho, nuevo en el oficio de hundirse en el barro como mecanismo de defensa.

—¿Por qué tú sí? Cuánta esperanza. Te conozco. Conozco a todos los de tu especie. Os creéis diferentes, pero preguntáis las mismas cosas y ninguno llega a la conclusión de quemarlo todo. Pero cuánta esperanza, la de la juventud dormida. Ten cuidado por dónde arrastras las alas, Ícaro.

El chico de ojos rotos y sonrisa hecha para la guerra le despide entre el humo. Ícaro se pregunta si terminará como él.

Huele a billetes de cien devueltos y a lenguas quemadas, a lluvia ácida. Las pintadas de las iglesias preguntan «¿dónde está tu dios?», esperando una reacción divina que acabe con el circo de una vez. Pero a nadie le importa. Ningún cable de Internet pasa por ahí.

La tercera pared, el final del pasillo del purgatorio, es la de ver y no ser visto y pertenece a una casa de familias arias que votan desde hace treinta años por los mismos asesinos de camisas blancas, esos que clamarán a tu madre y tu falta de vergüenza por robar en un sitio hecho con sangre extranjera. Aún hay quien cree en los cuentos de sus abuelas y en la caja tonta, pero no Ícaro. Todo empieza a quemar. El callejón está lleno de esa gente que entiende pero ya no quiere hacerse entender, y de todos modos los mentirosos no se tragarían una palabra.

A nadie le gusta que le digan la verdad.

ídolos artificiales

En la cima de las mayores alturas

es donde pusieron la estatua dorada

sobre el altar,

ignorantes sin poder ver

ni una de sus esquinas puntiagudas.

El Sol sale y las vítores se ciegan

sobre el reflejo ámbar

y el olor a miel,

todo vivo hasta que llega

la caída de los astros

y el susurro de los gigantes.

En el terminar de la transformación

los inocentes ya no le envían

promesas que firmar, se atan

vendas en las manos

y cuerdas en los ojos,

y la mitad monstruos

balas en el cuello

espadas en la sien.

Pluma y papel en brazos,

solo los exiliados salen indemnes

volviendo a la rutina

de cazar los restos y huir

sin amos ni esclavos,

cruzando pastos en llamas

por las guerras de otros

a pesar de saber que así

serán olvidados.

fantasmas de hoy

i.

pequeña,

no siento haberte destruido

ni lo sentiré más que de las bocas de otros;

pronto comprenderás que nunca hubo bastante espacio

y que tardé demasiado en convertirme en tu asesino.

en mí no encontrarás arrepentimiento alguno,

pues de tus cenizas he escarbado y ahora me mantengo

sobre tu tumba

esperando el momento en el que pueda bailar.

puedes quedarte las flores y las lágrimas

y el no comprender,

pues no te odio lo suficiente para arrebatarte todo aquello.

solamente quiero que sepas

que fuiste mi cárcel y mis días nublados,

y que ahora mis dientes manchados de tus pétalos

no sonreirán más bajo el nombre de tu fría piedra.

 

ii.

no creo en ellos, ni

en mí, ni

en nadie más

que la tierra bajo mis pies.

 

iii.

levantad las banderas, clavad puñales

y nunca contéis la historia por mí;

ya he aprendido a cantar tras

tantos gritos de silencio y cristal roto,

mas esta vez os juro, me juro que

mi voz no será acallada.

Posdata

Mi propia casa es el cementerio de todas las cosas que fingí ser. De todas las cosas que aún a día de hoy me persiguen.

No me clavé mil cuchillos en silencio y me desgarré el pecho para permanecer en la memoria colectiva como un fantasma, como una versión mejorada de lo que ahora soy, pero ella me sigue mirando desde los portarretratos vestida de comunión con los ojos vacíos. La maté en defensa propia, en realidad, pero eso no me hace menos asesino.

A sus ojos soy un degenerado que ha reemplazado a su hija.

No merezco las mentiras por piedad. Soy cruel y estúpido, y tengo las manos manchadas de las entrañas de una niña inocente. ¿Qué importa que trague humo y alcohol, que me queme la garganta y me apuñale los pulmones, si ya estoy podrido por dentro?

No soy la suma de mis tragedias. Me he hecho a mí mismo. Pero pesan; me arrastran hasta la cocina o hasta una pared en la que me voy a dejar la piel por si la sangre espantara así algún dolor real. Es todo teatro. Yo era un ser que no pertenecía a los chicos ni a las chicas a la hora de gimnasia, era algo menos que humano y me he convertido en algo más que eso. También era el que leía libros difíciles, el que escribía en el hueco debajo de las escaleras, el que no estaba nunca de acuerdo con el profesor de Historia y mucho menos con el de Biología. Estaba solo y no era un problema porque al final todo el mundo muere así.

Prefiero creerme mis propias mentiras para no ahogarme, gritar un odio ficticio a quienes me han envenenado, como un analgésico casero que me permite fingir por un rato que todo eso no va dirigido a nadie más que a mí. Desearía meterme en una pelea para que cuando deje de doler me quede algo, o para tener una razón por la que no sentirme tan culpable quemándome por dentro.

Es una pena que ya sólo me mueva la rabia, pero he empezado a creer que nadie dura luchando con amor. Ya lo dijo Rimbaud y yo le seguí el juego.

«No eres mi pasado.»

«No eres siquiera un intento de mí.»

A veces tengo la necesidad de arrancarme la piel a tiras.

Es más a menudo de lo que nadie podría creer, porque mi víctima y fantasma vive todavía a base de murmullos, de cuchicheos de vieja y miradas furtivas como si otros pudieran querer vomitar más por verme que yo por ser. Es cuando la veo todavía en mi reflejo.

Voy siempre a unos baños que no me pertenecen pero quiero conquistar, y de paso hundirle la cabeza a alguien en el retrete o romper el espejo del lavabo y luego escupir sangre. Tiene que ser violento o no puede ser nada, es como una ley moral por llevar calzoncillos. Tengo que ser el que pise con las botas de hierro, aunque en ocasiones me he sorprendido apreciando un vestido como si fuera un crimen.

Todo ello es ineluctable. El cigarrillo me parece una bala condensada, un artilugio letal listo para matar pacientemente, así que supongo que eso es lo que quiero cuando trago ceniza y no escupo más que palabrotas como cualquier ojeroso secundario de una peli de los ochenta. Aquel del que todas las madres advertirían a sus hijas adolescentes sobre alejarse como si así pudieran salvarse de algo. Yo digo que mejor lean a Plath y roben bourbon.

Quiero quemar con él todas las fotos, todos los álbumes de recuerdos, todas las memorias, y reírme muy alto mientras observo las llamas. Madre, lo siento. Soy todo lo que no querías que fuese. Soy egoísta. Soy avaricioso. Soy vuestra decepción.

Yo sólo quería el sol.

Y quería estar completo.