Callejones

La lluvia chorrea por los muros como si pudiera limpiar todo lo que acontece en ese callejón de tres paredes. La cuarta es la pared invisible que da hacia el mundo exterior y más o menos podrido, según a quién le preguntes. Cielo o infierno. El muchacho nuevo es como un gato al que acabará por matarle la curiosidad.

Ellas han visto de todo: la de la izquierda es de un restaurante de comida rápida (a nadie le importa si es un McDonalds lo que te mata) y la de la derecha es un banco, un edificio hecho con maletines llenos de sueños rotos. El joven anhela aprender las malas artes. Es otro producto fallido del sistema, un hijo parricida. Quiere destruir lo que le destruye. El anarquista sintecho te contará que todo eso es una representación a pequeña escala del surrealismo mundial. Si tienes suerte, puede que encuentres al chaval de ojos de espejo roto y sonrisa de saber qué se cuece por todas partes menos en su propia cabeza, que pondrá una voz bravucona para proclamar que todo el mundo debería morirse.

—¿Por qué no sales de aquí? —Es lo que le preguntaría el muchacho, nuevo en el oficio de hundirse en el barro como mecanismo de defensa.

—¿Por qué tú sí? Cuánta esperanza. Te conozco. Conozco a todos los de tu especie. Os creéis diferentes, pero preguntáis las mismas cosas y ninguno llega a la conclusión de quemarlo todo. Pero cuánta esperanza, la de la juventud dormida. Ten cuidado por dónde arrastras las alas, Ícaro.

El chico de ojos rotos y sonrisa hecha para la guerra le despide entre el humo. Ícaro se pregunta si terminará como él.

Huele a billetes de cien devueltos y a lenguas quemadas, a lluvia ácida. Las pintadas de las iglesias preguntan «¿dónde está tu dios?», esperando una reacción divina que acabe con el circo de una vez. Pero a nadie le importa. Ningún cable de Internet pasa por ahí.

La tercera pared, el final del pasillo del purgatorio, es la de ver y no ser visto y pertenece a una casa de familias arias que votan desde hace treinta años por los mismos asesinos de camisas blancas, esos que clamarán a tu madre y tu falta de vergüenza por robar en un sitio hecho con sangre extranjera. Aún hay quien cree en los cuentos de sus abuelas y en la caja tonta, pero no Ícaro. Todo empieza a quemar. El callejón está lleno de esa gente que entiende pero ya no quiere hacerse entender, y de todos modos los mentirosos no se tragarían una palabra.

A nadie le gusta que le digan la verdad.