fantasmas de hoy

i.

pequeña,

no siento haberte destruido

ni lo sentiré más que de las bocas de otros;

pronto comprenderás que nunca hubo bastante espacio

y que tardé demasiado en convertirme en tu asesino.

en mí no encontrarás arrepentimiento alguno,

pues de tus cenizas he escarbado y ahora me mantengo

sobre tu tumba

esperando el momento en el que pueda bailar.

puedes quedarte las flores y las lágrimas

y el no comprender,

pues no te odio lo suficiente para arrebatarte todo aquello.

solamente quiero que sepas

que fuiste mi cárcel y mis días nublados,

y que ahora mis dientes manchados de tus pétalos

no sonreirán más bajo el nombre de tu fría piedra.

 

ii.

no creo en ellos, ni

en mí, ni

en nadie más

que la tierra bajo mis pies.

 

iii.

levantad las banderas, clavad puñales

y nunca contéis la historia por mí;

ya he aprendido a cantar tras

tantos gritos de silencio y cristal roto,

mas esta vez os juro, me juro que

mi voz no será acallada.

Posdata

Mi propia casa es el cementerio de todas las cosas que fingí ser. De todas las cosas que aún a día de hoy me persiguen.

No me clavé mil cuchillos en silencio y me desgarré el pecho para permanecer en la memoria colectiva como un fantasma, como una versión mejorada de lo que ahora soy, pero ella me sigue mirando desde los portarretratos vestida de comunión con los ojos vacíos. La maté en defensa propia, en realidad, pero eso no me hace menos asesino.

A sus ojos soy un degenerado que ha reemplazado a su hija.

No merezco las mentiras por piedad. Soy cruel y estúpido, y tengo las manos manchadas de las entrañas de una niña inocente. ¿Qué importa que trague humo y alcohol, que me queme la garganta y me apuñale los pulmones, si ya estoy podrido por dentro?

No soy la suma de mis tragedias. Me he hecho a mí mismo. Pero pesan; me arrastran hasta la cocina o hasta una pared en la que me voy a dejar la piel por si la sangre espantara así algún dolor real. Es todo teatro. Yo era un ser que no pertenecía a los chicos ni a las chicas a la hora de gimnasia, era algo menos que humano y me he convertido en algo más que eso. También era el que leía libros difíciles, el que escribía en el hueco debajo de las escaleras, el que no estaba nunca de acuerdo con el profesor de Historia y mucho menos con el de Biología. Estaba solo y no era un problema porque al final todo el mundo muere así.

Prefiero creerme mis propias mentiras para no ahogarme, gritar un odio ficticio a quienes me han envenenado, como un analgésico casero que me permite fingir por un rato que todo eso no va dirigido a nadie más que a mí. Desearía meterme en una pelea para que cuando deje de doler me quede algo, o para tener una razón por la que no sentirme tan culpable quemándome por dentro.

Es una pena que ya sólo me mueva la rabia, pero he empezado a creer que nadie dura luchando con amor. Ya lo dijo Rimbaud y yo le seguí el juego.

«No eres mi pasado.»

«No eres siquiera un intento de mí.»

A veces tengo la necesidad de arrancarme la piel a tiras.

Es más a menudo de lo que nadie podría creer, porque mi víctima y fantasma vive todavía a base de murmullos, de cuchicheos de vieja y miradas furtivas como si otros pudieran querer vomitar más por verme que yo por ser. Es cuando la veo todavía en mi reflejo.

Voy siempre a unos baños que no me pertenecen pero quiero conquistar, y de paso hundirle la cabeza a alguien en el retrete o romper el espejo del lavabo y luego escupir sangre. Tiene que ser violento o no puede ser nada, es como una ley moral por llevar calzoncillos. Tengo que ser el que pise con las botas de hierro, aunque en ocasiones me he sorprendido apreciando un vestido como si fuera un crimen.

Todo ello es ineluctable. El cigarrillo me parece una bala condensada, un artilugio letal listo para matar pacientemente, así que supongo que eso es lo que quiero cuando trago ceniza y no escupo más que palabrotas como cualquier ojeroso secundario de una peli de los ochenta. Aquel del que todas las madres advertirían a sus hijas adolescentes sobre alejarse como si así pudieran salvarse de algo. Yo digo que mejor lean a Plath y roben bourbon.

Quiero quemar con él todas las fotos, todos los álbumes de recuerdos, todas las memorias, y reírme muy alto mientras observo las llamas. Madre, lo siento. Soy todo lo que no querías que fuese. Soy egoísta. Soy avaricioso. Soy vuestra decepción.

Yo sólo quería el sol.

Y quería estar completo.

 

Lo siento

siento lo que hice, mis palabras, mis miradas,

siento tu dolor, tus silencios, tu vida,

siento nuestras lágrimas, nuestros gritos, nuestra muerte.

Siento que fuéramos felices

pero puede que esto sea lo mejor,

mi silencio definitivo

nos traerá tanta paz a ambos.

Aunque sí te ruego, como última canción;

no lo rompas.

La espera

Mi ojo ya no es dorado

dentro de estos cuatro muros

me falta el aire,

no puedo dar el siguiente paso,

la presión ha destrozado mi pecho

mi cuerpo yace en el suelo

¿y ahora qué?

La maldición del vencido

es volver

pero este cementerio estrellado

me queda grande

como todo lo que en esta cárcel ahora soy.

 

 

No creas en ellos

Pongo en duda que tu Dios quiera escucharte en esta noche

silenciosa y llena de lobos,

cuando tus océanos han acabado desgarrando el papel

y manchando la tinta.

No creas en dioses, banderas y discursos.

No creas en tus ojos, tus oídos o tus manos.

No creas en ellos.

Elige sólo las noches proyectadas por la Luna y los aullidos.

Cree en la verdad escondida en el papel, en el fuego raudo.

Cree en las curvas sobre tus labios y la tierra bajo tus pies.

Cree en la luz verde y en los pájaros del hambre.

Cree en ti.

Yo voy a escucharte en esta noche

sangrante y cubierta de amapolas,

cuando tu voz vuelva a sanar como un rugido de libertad

y todo caiga en brazos de Azrael.

Quizás

dentro del héroe vive el monstruo en el que no quería convertirse.

Quizás el asesino tiene coartada y el testigo es ciego.

Quizás las alas de las mariposas son una farsa.

Quizás el camino no es sólo de asfalto.

Quizás la lluvia no es agua, y los ángeles sí lloran.

Quizás todas las puertas no necesitan una llave, sino un empujón.

Quizás la noche es más colorida que el atardecer.

Quizás la pluma pesa más que el hierro.

Quizás el verde era la pasión y el rojo la esperanza.

Quizás nos equivocamos y Luzbel era nuestro dios.

Quizás en las sombras está la verdad que se esconde en la luz.

Quizás hablamos cuando debimos callar.

Quizás reímos en vez de llorar.

Quizás nos equivocamos.

O quizás,

quizás estamos todos locos.